Beatriz González

Septiembre de 1990

 
 
Estrategia de humor ácido

 

Cada exposición de Beatriz González oculta una estrategia. Es como si su principio de orden fuera la subversión. Nunca renuncia.
A lo largo de su trayectoria ha colocado espejos -como cascaritas- para inventar una nueva iconografía de nuestra cultura visual: imágenes para la mala conciencia que ahora son ambiguas, intrincadas y siempre sorprendentes.
En sus obras recientes sigue vigente el comentario ácido sobre la imaginería popular y modelos de gusto. Pero sus soluciones visuales son ahora más complejas en composición, ico¬nografía y relaciones cromáticas.
Se ha propuesto inventar emblemas que articulan tanto fuentes ideológicas como culturales. Altera la lógica espacial. Construye relaciones equívocas. Imágenes de terror como las que revelan los Retratos mudos en las que retoma un método de trabajo anterior pero con un sentimiento más arduo.
Y es que esta última fase de su obra tiene una fuerte carga emotiva que no era frecuente en su obra anterior. Cada artista generalmente construye su propia mitología. Pero ella se mantenía al margen, observando sin dejar entrever su propio mundo. Comentaba sin involucrar su sicología personal. Simulaba una objetividad sesgada por lo irrisorio. Partía de imágenes ya existentes. Ahora asume la imaginación y lo arbitrario, la contradicción, la venganza perversa, el humor y el temor. Es un gran cambio.
La obra más importante de esta muestra es Altar, un tríptico que combina varias escenas. Higuita-Redentor en una simetría propia del arte religioso. En el centro focal de la obra hay un cadáver aguamarina, que no atrae, sin embargo, mirada de los participantes de la obra. Es la indolencia. Es también una amalgama visual que involucra todas las imágenes que configuran el inconsciente colectivo.
Enmarcando esta escena, que resume en forma agridulce la vida nacional, hay dos zonas de reserva en los laterales superior e inferior: un plácido paisaje con indígenas en una canoa -¿el tiempo original?- huella de otra región viva de este país que envuelve las más grandes contradicciones.
Beatriz González mantiene su mirada intransigente y acuciosa de siempre pero ahora le agrega la acumulación visual de una cultura social cada vez más compleja.
En estas obras ella se compromete con el absurdo. Asumir el propósito de crear las imágenes de la memoria actual. Y es efectiva. Sus obras actuales participan y a la vez sacuden esa irracionalidad colectiva.
Con el color, cada vez más sabio. Con el espacio, cada vez más incierto. Con su creatividad formal cada vez más ingeniosa. Con la capacidad de ofrecer esa mezcla suya tan particular, de perversión y juicio, como un acto de conciencia. Con la constatación inequívoca que es la artista colombiana más importante de este tiempo.
 
Carolina Ponce de León