Pinturas

Álvaro Barrios. Mayo de 2003

 

 

Los cincuenta caminos de la vida

 

Por Alberto Sierra Maya. Tomado de Lecturas Dominicales, El Tiempo, 1 de septiembre de 1996

 

En esta muestra de obras recientes, Álvaro Barrios retoma la técnica del collage y la temática de la tira cómica, simbiosis de sus primeras exposiciones de los años sesenta. Barrios supo del collage a través de la obra de Max Ernst a la que tuvo acceso inicialmente por reproducciones de libros, pero desconocía sin duda la obra de Lichtenstein y el pop art a los que la crítica de entonces atribuyó equivocadamente una gran influencia en su trabajo. Su interés por la tira cómica se remonta a la adolescencia, marcada por juegos en los cuales una rudimentaria linterna mágica elaborada por él —una caja de cartón donde enrollaba tiras cómicas de los periódicos coloreados a mano— le permitió realizar un imaginativo paralelo entre las historias gráficas y el cine.

 

 

La habilidad manual de Álvaro Barrios para recortar, pegar, yuxtaponer imágenes y construir espacios en tres dimensiones también proviene de su infancia, de su interés por las láminas para recortar y armar, usados en la clase de trabajos manuales de la escuela primaria a la que asistió y llegó a perfeccionarla desde mucho antes de ser considerado un artista profesional. Si a esto unimos el hecho de tratarse de un dibujante, fenómeno surgido en él —como sucede habitualmente en todos los dibujantes— de un espontáneo y secreto acople entre la mente y la mano del artista, llegamos a esta obra suya, intimista y a veces inclasificable. Podría afirmarse que el juego de niños prolongado en Barrios hasta el presente es lo suficientemente enigmático como para aislar su trabajo de la superficialidad o el divertimento. Sus collages juveniles trascendían con creces los realizados —por los que Marta Traba llamó «simples adaptadores de recursos»—, en un momento en el cual dicha técnica servía frecuentemente para disimular falta de talento o vacío de propuestas. La magia de sus collages actuales radica en las situaciones estimulantes que suscitan y en su poder de convocar ideas fantásticas y creativas.

 

Como en su serie de Sueños con Marcel Duchamp de los años ochenta, los collages Los cincuenta caminos de la vida pueden leerse como las páginas de un diario por donde desfila parte de su singular sentido del humor, el interés por lo espiritual que se oculta en los símbolos del mundo aparente y la ficción puesta al servicio de su rara poética. Estos collages pueden ser considerados como un todo o como piezas aisladas y a pesar de tratarse de obras en dos dimensiones, poseen en realidad la presencia de objetos —objetos de gran magnetismo visual—. El paisaje de fondo que ha usado Álvaro Barrios para realizarlos es una reproducción litográfica comercial de un óleo de Francisco Antonio Cano pintado en 1892. Es la primera vez que Barrios se dedica a recrear la obra de otro artista colombiano y posiblemente este hecho marque el inicio de un ciclo en el cual «el otro arte nacional» esté en la mira de su fantasía. De Duchamp a Cano hay un recorrido coherente, aunque heterogéneo que pasa por el kitsch, el arte acerca del arte, el surrealismo, el pop, el arte conceptual y numerosos caminos más en los cuales su inquieto caminante seguramente se moverá de nuevo como pez en el agua. El título de la serie alude a la conocida metáfora de que la vida es un camino, o muchos caminos y los conceptos que dan título a cada obra, escritos al óleo sobre los marcos, son invitaciones a la meditación, puertas abiertas a nuevos mundos.

Para Barrios, sin embargo, no se trata simplemente de un «caminito que el tiempo ha borrado», como diría Juan de Dios Filiberto, sino una idea más cercana a la frase de Gonzalo Arango: «No te importe la meta, que es efímera, sino el camino, que es eterno».