Efectos del Afecto

Franklin Aguirre. Octubre de 2005

 

 

La Rematerialización de lo Genérico

 

La obra de Franklin Aguirre confronta la pintura desde una perspectiva eminentemente contemporánea. En su trabajo se amalgaman modos de expresión que derivan del arte Pop, con referentes contrarios a éste, puesto que su trabajo no señala una sociedad determinada y univoca, sino que apunta hacia un mundo individualizado y genérico.

Para Aguirre la pintura contemporánea es una labor mixta y multidimensional: mixta en razón de las estructuras provenientes del collage y la deconstrucción que preceden toda imagen o composición visual contemporánea; y multidimensional en el sentido de que es susceptible a diversas miradas y confrontaciones, a que sus contenidos no son rigurosos ni particulares sino que se ajustan libremente a las prioridades y preceptos del observador.

El artista, por ejemplo, supera el reafirmar, el intervenir o el señalar carencias de la estructura del mundo occidental, estrategia que se dio en la modernidad y que devenía siempre en algo nuevo: un sujeto, un objeto, una acción capaces de representar una realidad subvertida.Para él la novedad no es lo importante, ni el aura de lo original y mucho menos la representación. Para Aguirre lo que cuenta en primer término son las ideas y significados que se le pueden conceder a sus imágenes, pero no como eco de la realidad o como reacción a ella, sino como una manera de enriquecer sus posibilidades, como un juego virtual sobre el destino, como un universo de hipótesis e incertidumbres.

Aguirre, trata las figuras a partir de códigos pictóricos como pueden ser la planimetría y el anti-naturalismo, situándolas al borde de la abstracción y otorgándoles cierto carácter impersonal y neutro. Impersonalidad y neutralidad que se disuelven en las anécdotas que sugieren, es decir, en las propias historias, pasiones o proyecciones psíquicas de quien las aprecia o analiza. Es esta la razón por la cual puede afirmarse que a pesar de que se trata de figuras indeterminadas, que no representan la realidad ni la reflejan, de todas maneras encarnan argumentos creativos basados en posiciones definidas –aunque en constante desarrollo– acerca de la vida y el arte.

Es más, de este raciocinio también puede deducirse que al artista no sólo le interesan las imágenes, sino la materialidad; esa materialidad que el conceptualismo y el neo conceptualismo han limitado cuando no han proscrito, y en la que encuentra un germen de creatividad inagotable. Es como si a Aguirre le interesara rematerializar el arte después de la desmaterialización a que fue sometido en las últimas décadas, pero sin dar marcha atrás, sino dando pasos a los lados y adelante.

Es decir, en su técnica de composición sistemática de iconografías mediáticas se trata al hombre como un ser anónimo y computarizado, pero al mismo tiempo como alegoría de situaciones posibles.  Y puede afirmarse, por consiguiente, que su obra no simula al mundo, sino que presenta un mundo paralelo en el cual, individuos sin características propias, involucran al espectador a través de cederle posiciones y de incitarlo a una identificación con sus acciones y su ambigüedad.

Algunos aspectos de estas obras como el humor sutil y penetrante, los juegos de luz, la intensidad publicitaria de los colores y la suma de sus distintos elementos en un todo controlado, riguroso, sin excesos, son clara herencia de sus trabajos anteriores. Pero las obras de esta exposición no sólo introducen cierto acento de erotismo y melancolía desconocido en su producción, sino que han ganado ostensiblemente en la claridad de sus designios conceptuales y en la variedad de los sentimientos, evocaciones y reflexiones que promueven.

 

Eduardo Serrano

Efectos del Afecto

La obra que presenta un artista de largo recorrido y constante iniciativa en el panorama plástico colombiano como es Franklin Aguirre, permite múltiples lecturas. La primera es evidente y es, en todo, caso un corolario del conjunto. Las diferentes piezas, como si hicieran parte de un rompecabezas cosido con un extraordinario cuidado, interactúan entre sí para permitirle al espectador un paseo por la intimidad. Por la del pintor pero, acaso, por la suya que también se relaciona con objetos, con instantes, con retazos de recuerdos y hasta con ese kaleidoscopio de imágenes que están implícitas en los sueños.

Se propone, por supuesto, la otra forma de ojear. La que lleva a cada uno de los lienzos, que confluye en el repaso de una sagacidad que invita a afirmarse en la sugerencia y a dejar fluir sin cortapisas la fantasía. Las apoyaturas en el Pop Art, quizá la directriz más relevante de los últimos 50 años, la tensión que se da entre el oficio y el propósito, el uso de utensilios pictóricos como son el dibujo, el manejo espacial y el domino del color, que siguen siendo esenciales, establecen entonces una ligazón con el icono, con la nostalgia del cómic o con el vigor de un lienzo forjado a partir de un jirón de la memoria. La instancia del diseño como lenguaje le permite al artista narrar una infinidad de historias, cimentar metáforas y establecer unos ámbitos sui generis donde la poesía, descarnada por momentos y a veces sutil, es la protagonista de unos infinitos abiertos, en la medida en que le consienten al observador establecer su propias utopías, y al mismo tiempo densos puesto que conducen al albur de la interpretación.

La fortaleza del conjunto es axiomática, pero la vehemencia de las partes a través del color, de la sencillez del lenguaje y, sobre todo, de un planteamiento pictórico, franco y al mismo tiempo lleno de complejidades, establece los paradigmas del hecho artístico.

Fernando Toledo