Technoesmaltes

Fernando Uhía. Octubre 2006

 

 

Technoesmaltes  de Fernando Uhía.

 

Los technoesmaltes son pinturas ilusionistas. Aunque sería más sencillo y rápido clasificarlas de geométricas debido a las obvias resonancias visuales que vienen de vanguardias como de stijl o la post-painterly abstractionla verdad es que las pequeñas marcas dejadas en los bordes de las franjas de color en el momento de su aplicación, la superposición de esas mismas franjas, la inexactitud con que el pigmento transita por la superficie y sus coloraciones deportivas, hacen de ellas un grupo de pinturas más engañosas que rigurosas. No se trata del viejo tema de la pintura ilusionista académica, del trompe  l’oeil  naturalista producido por degradación y claroscuro, sino más bien de un tipo de ilusión materialista, generada en el tiempo después de una observación detenida. Es ahí que el orden en que se aplicaron las franjas de color y el cómo se lograron los terminados comienzan a ser inciertos, e incluso incómodos para el que observa.

La academia francesa de la corte de luís xiv obligó a un uso preciso de los materiales y técnicas artísticas hacía la reproducción naturalista de las apariencias, direccionamiento que se universalizó durante varios siglos en el campo artístico europeo.  Las multinacionales de la comunicación del siglo xx absorbieron juiciosamente este legado académico hasta convertirlo en un espectáculo vulgarmente omnipresente, contaminante y extravagante en su repetitividad. El tipo de ilusión al que aluden los technoesmaltes tiene que ver con la recuperación del presente como espacio corporal, no colonizado por las multinacionales de la imagen; con la valoración del gesto pictórico sencillo y automático; con el volver a mirar sin afanes en una época en que la imagen reality y su pornográfica instantaneidad ciegan al gran público.

En un contexto forzadamente hiper-mediado como el del tercer mundo, comienza a ser tremendamente importante agregar gestualidad a algo usual o acostumbrado. Vemos muchas cosas, pero no participamos corporalmente, táctilmente de ellas, debido a que las multinacionales de todo tipo han instaurado un régimen neo-conductista (estimulo simple, respuesta simple) y de transmisión electrónica que promueve el consumo inmediato, que impide una participación lenta del sujeto en las transacciones informativas.

Los technoesmaltes agregan un mínimo de gestualidad en medio de esa transacción informativa multinacional: a iconos colorísticos de ropa deportiva le “nacen”, de repente, irregularidades, inexactitudes. Estos elementos son propios del medio pictórico, pero también de la maniera técnica propia de los technoesmaltes, por chorreadura vertical u horizontal controlada. Se trata de obtener el máximo de rendimiento sensorial para el espectador con el mínimo de tiempo de ejecución por parte del artista. Este automatismo -al ser la gravedad del chorreón de esmalte la que “hace” la obra-, es una mímica simpática del neo-conductismo multinacional descrito arriba. Se puede ver, por ejemplo, en el eslogan  que carlos pinzón popularizó en sus programas de radio de la década de 1980, haciendo eco del que la multinacional philips esparció por esa época para promocionar su reproductor láser de discos compactos: la luz hace la música. Así, en los technoesmaltes la gravedad hace la pintura.

En términos lingüísticos, los technoesmaltes trasladan la pregunta sobre el origen de la cadena de sentidos de la imagen pictórica, que parte de iconos construidos cuidadosa y previamente en los laboratorios de los ingenieros digitales multinacionales y termina en una superficie que se “pinta” ante el espectador. Al permitírsele a este último ver en la parte superior de los technoesmaltes el menú del proceso de fijación de cada zona de color, se logra traspasar el umbral de la imagen pre-construida y su recepción visual simple, para incluir zonas pictóricas asimilables desde lo táctil. De la misma manera que la generación de foucault logró hacer que el significado se ubicara, no en el presente, sino en los contextos y en la acumulación horizontal de sentidos, los technoesmaltes ubican al espectador en un momento anterior a la formación de la imagen. A la pregunta ¿es posible hacer pintura que no termine siendo icónica, que no termine siendo imagen rápidamente asimilable y archivable en el cementerio virtual que es el cyber-espacio o la memoria ram? Se podría decir que sí y solo si la operación técnica antecede la formación del icono. 

Se trata de ejercer una limpieza iconográfica de la infinidad de sobrados mediáticos emitidos por las multinacionales de la imagen y la publicidad, antecediendo el momento de formación de algunas de esas mismísimas imágenes refritas.

Los technoesmaltes son, también, una continuación de la serie clonclowns*, en la que se buscaba el máximo de rendimiento visual para el espectador con el mínimo de “originalidad” por parte del artista. De alguna manera, los clonclowns también se hacían solos, pero en el campo icónico, doblando la usual cuota figurativa museal.

En términos históricos, los technoesmaltes aluden -y solucionan a su manera- un viejo conflicto del arte moderno.  En 1949 ya se podían identificar dos tendencias del naciente expresionismo abstracto: por un lado estaban los que entendían la superficie pictórica como un campo de acción  en el presente (encabezados por pollock, de kooning y franz kline). Por el otro estaban los que la entendían como un campo de contemplación  o de fenómenos espirituales post-realización, con el color como la herramienta contemplativa inefable por excelencia (newmann, rothko y clifford still). Las tendencias reflejaban la continuación de un conflicto ya rastreable en picasso (personalización continua) y duchamp (retardo continuo) e incluso en courbet e ingres o  tiépolo y zurbarán.

Después de varias décadas, es posible ver con distancia el conflicto y traerlo al presente como parte de un sorprendente paquete postmoderno. Un technoesmalte se entiende al comienzo como un campo de acción en el sentido de que las chorreaduras actúan por sí mismas, en un proceso rápido no totalmente controlado por el artista. Pero a medida que el esmalte hace su recorrido,  se convierte en un campo de contemplación, en el que lo que se contempla está “continuamente” chorreándose ante el espectador, en un retardo continuo que aspira alegóricamente a no terminar nunca. El resultado está más cerca de la teatralización de la chorreadura cinética de morris louis que a cualquier otro artista anterior. Con un ingrediente adicional: las coloraciones de los technoesmaltes no provienen de experiencias místicas, sino de ropa deportiva multinacional, lo que las ancla en el presente por medio de otras discusiones (globalización, neoliberalismo, maquilas, pobreza programática, etc.) Que crean otro tipo de conflicto que por ahora es mejor dejar abierto.

 

Julio 2006.

 

*clonclowns: pinturas que expandían la sensualidad superficial duplicando información “original” codificada. Se hicieron 4 desde información icónica tomada de botero, van gogh, baldesari y grandma moses respectivamente.