Felicidad Clandestina

María Isabel Rueda. Noviembre 2008

 

 

 

Una mujer es totalmente inseparable de su propio cuerpo –nuestro amor propio sufre ante la menor herida–, nada nos es más ajeno por esencia que la distinción entre lo físico y lo moral. Los hombres tienen razón cuando niegan que tengamos un “alma” mientras apelan fraudulentamente a nuestros sentimientos de honor y de fidelidad.

Pierre Klossowski. La Revocación del Edicto de Nantes

 

Era cuestión de tiempo y de poner la cáscara ante el paso preciso para que cayera en manos de esa bruja. Porque su mundo ha estado siempre tan lleno de cuerpos, que incluso ha perdido la razón por las historias de fantasmas, a los que sólo busca y les habla y les quiere sacar fotos para encontrarles carne. Por eso le gustan los médiums, los castillos en ruinas, los cuentos de brujería. Por eso siempre anda buscando lo que no se la ha perdido. Antes siempre estaba enferma, y ahora siempre está en curación, y entre esas dos puntas de la salud sólo quedan sus huesos y estos dibujos.

Dibuja sólo con el cuerpo porque le cedió la razón a esa bruja. Quizás así es que ahora puede darse el lujo de padecer por su mano agotada de rellenar amplias zonas negras del papel  y ya no por las migrañas que casi la mataban y ahora casi se han ido. Dejó ir la cabeza para que no intentara a diario escapársele a costa de un padecimiento constante y sin causa conocida.

Y sin embargo, cediendo ante las caprichosas formas que suelen asumir los hechizos de la bruja, ella misma ha tranzado su carne en aliento. Y por eso los cuerpos yacen desnudos sobre el papel. Cuerpos apenas porque se trata de mujeres sin nombre formados a cuatro manos, como muñequitos de vudú vivos, por las palabras y por esas grandes áreas negras que las delimitan, que las definen, que las constriñen a ser cuerpos de mujeres con nombres a duras penas escritos sobre una superficie en blanco.

Verbos hechos de carne, pero sólo posibles en el espacio de la representación. Libros sin hojas, hojas sin ramas, cabelleras sin pelos, gallinas sin huevos y, en consecuencia, sin gallinas. Un retorno sobre la nada donde sólo queda el malestar de acarrear la disolución del propio organismo en el cuerpo del lenguaje; sólo el placer de una felicidad clandestina que no se agota en la lectura o la contemplación de las formas porque nunca ha habido letras, ni formas, ni quien las mire tampoco. Se trata del gozo de la entrega y la renuncia de quien sabe que el aire se escapa entre nuestras manos.

Quizás, como mujeres ambas, que hechizan o que dibujan, realmente han carecido de alma. Han sido puro cuerpo que se sabe totalmente ajeno a la precariedad de lo orgánico porque siempre han ido dejando ese aliento de disolución, esa presencia que ya no está cuando se presiente y que, por eso, no deja de tener lugar.

 

Victor Albarracín. 2008