Esculturas (La inventada y el Seudorretórico)

Lucas Ospina. 21 de agosto – 20 de septiembre, 2013

 

EXPOSICIÓN

Esculturas (La inventada y el Seudorretórico)

Lucas Ospina

 

 TEXTO

Cincuenta caracteres [dos fragmentos]

Por: Elias Canetti

 

 

La Inventada

La Inventada no ha vivido nunca, pero está ahí y se hace notar. Es muy hermosa, aunque de modo distinto para cada cual. De ella se han dado descripciones extáticas. Algunos elogian sus cabellos, otros sus ojos. Pero hay discrepancias en cuanto al color, que va desde un brillante azul dorado hasta el negro más intenso, y eso vale también para el cabello.

 

La Inventada tiene distintas tallas y cualquier peso. Prometedores son sus dientes, que a menudo pone al descubierto. El pecho tan pronto se le encoge como se le hincha. Camina, se echa. Está desnuda o fabulosamente vestida. Sólo sobre su calzado existen cientos de datos diferentes.

 

La Inventada es inalcanzable, la Inventada se entrega fácilmente. Promete más de lo que cumple y cumple más de lo que promete. Revolotea, se queda quieta. No habla, lo que dice es inolvidable. Es descontentadiza, se dirige a cualquiera. Es pesada como la tierra, ligera como un soplo.

 

Parece cuestionable que la Inventada sea consciente de su importancia. También sobre eso andan a la greña sus adoradores. ¿Cómo logra que todos sepan que es ella? Claro que la Inventada lo tiene fácil, pero ¿habrá sido así desde el comienzo? Y ¿Quién la habrá inventado hasta hacerla inolvidable? ¿Quién la habrá difundido por la tierra habitada? ¿Quién la habrá endiosado y quién la vendería a bajo precio? ¿Quién la dispersó por los desiertos de la luna antes de que se izara en ella una bandera? ¿Quién envolvió un planeta en densas nubes por llevar su nombre?

 

La Inventada abre los ojos y jamás vuelve a cerrarlos. En las guerras, los moribundos de ambos bandos le pertenecen. Antiguamente estallaban guerras por ella, ahora no, ahora visita a los hombre en los frentes bélicos y les deja, sonriente, un retrato.

 

 

El Seudorretórico

 

Para hablar, el Pseudorretórico busca oyentes que no sepan de qué habla. Conoce las miradas perplejas y el parpadeo de desamparo cuando se dirige a alguien, y solo se lanza a perorar si el desamparo le parece suficiente. Las ideas afluyen a su mente y pronto dispone de una cantidad pasmosa de argumentos que en otras circunstancias no se le hubieran ocurrido; siente como puede ir enredándolo todo y se encumbra hasta el mas recóndito de los delirios: en torno suyo la atmosfera se carga de oráculos.

 

Pero ay de él si por el rostro del interpelado cruza una iluminación repentina, algún atisbo de comprensión: el Pseudorretórico se derrumba por dentro, se atasca, tartamudea, se interrumpe, vuelve a probar sumido en la más penosa de las turbaciones y, cuando ve que todos sus esfuerzos son vanos, que el otro entiende y está dispuesto a seguir entendiendo, se rinde, enmudece y se aleja bruscamente.

 

Tales derrotas no son, sin embargo, frecuentes. Las más de las veces, el Pseudorretórico logra permanecer incomprendido. Tiene experiencia y escoge a su gente, no se dirige a cualquiera. Conoce esa especie que se presta a todo. ¡Como si alguien pudiera prever sus temas de conversación! Ni él mismo los conoce de antemano; en ningún sitio, ni siquiera en las estrellas, está escrito lo que va a decir, ¿cómo podría saberlo otra persona? El Pseudorretórico sospecha que la inspiración es ciega. Solo en la nada le estaría permitido encenderse. Seria fácil partir de las aberraciones en que se complacen ciertos seres inferiores. El lleva en sí al mundo como caos. El caos, que le es innato, elige un portador cada cien años: él.

 

Podría creerse que lo más sublime es, para él, reconciliarse con el caos. Imaginamos al Pseudorretórico como alguien que solo habla consigo. Error imperdonable. El Pseudorretórico no puede explayarse sino cuando los demás se obstinan en no entenderlo. En esta ciudad superpoblada anda de arriba abajo y en círculo, se detiene ante éste o aquel, arroja un cebo anodino, observa sus efectos y solo cuando advierte la perplejidad deseada se pone en marcha, encumbrándose hasta su caos.