De perros y de noches

Angélica María Zorrilla y Catalina Jaramillo. 26 de febrero – 22 de marzo, 2014

 


Cuando el hastío llega y la huida pareciera la única posibilidad para seguir, la mirada se detiene siempre sobre el perro que al lado duerme. Cuando todo se agota queda la afirmación de querer un perro ser y, lejos de cualquier negación, este deseo reconoce la presencia y significado de estos seres que se envuelven sobre sí, para acompañar hasta los más solitarios y silentes de los otros seres. No hay mirada, solo respiración concentrada en aquella presencia con figura de ouroboros: todo vuelve a su principio, línea que termina en sí misma.

 

La figura del perro presente, durmiente, inerte, es el resultado del ocio, del mío y del suyo, pues hallo una tranquilidad relativamente estable cuando me propongo dibujar líneas cortas que pelaje pretenden ser. Nada debo pensar, nada justificar, mientras los segundos se materializan al ser trazados. Hay una relación de tiempo y habitar aquí, de sobrevivir, trazar me hace estar y no pensar más que en el ritmo de mi respiración que es al mismo tiempo el ritmo de esa capa que protege un cuerpo de ficción, ese que solo el lápiz puede llegar a ser. Yo sigo respirando aquí, entre mis costillas y el eco de la cabeza que insiste en no poder entender que no hay nada por entender.

 

Yo quiero ser un perro, quiero un perro ser. Quiero ser un perro famélico que acompaña a la mujer que mira hacia arriba y en su compañía se hace una bolita. Quiero ser un perro con tanto pelo que ni los ojos se le puedan ver, ese perro que los mira a todos sin que nadie note lo que él ve, cuando abiertos sus ojos estén o cerrados sueñen ellos también. Quiero un perro ser, uno que duerme y corre por paisajes sin profundidad cuando son sus patas quienes se mueven azarosamente en sentido horizontal. Quiero ser un perro de esos que gruñen mostrando los dientes, uno de esos que jamás duermen un sueño profundo.

 

 

Angélica María Zorrilla.

 

 

 

 

El dormir es como un puente
que va del hoy al mañana.
Por debajo, como un sueño,
pasa el agua, pasa el alma.

Juan Ramón Jiménez. Eternidades

 

 

Un bebé con cara de hombre, un hombre del tamaño de un bebé, caballitos desobedientes, féretros en miniatura, el terror al final de una escalera. Pequeñas historias que bien podrían continuar para convertirse en grandes eventos, como la vida misma. Otras veces demasiado simples, tan comunes que desaparecen dejando una sola palabra en el aire, lugares donde transita el sin sentido. Así transcurren las noches buenas, las de los sueños, que cada vez son más espaciadas.

 

En medio del reproche por el escaso dormir, el soñar se ha convertido en el premio por conseguirlo, pues el insomnio pareciera un sopor tan cercano al de la muerte, en él se siente el dolor de la vida; más allá, cuando el sueño aparece, el dolor termina, o bien se intensifica a niveles de tortura. Los ojos hacia adentro, los puños apretados y hasta el chasquido de los dientes hacen parte del  ejercicio que se repite hasta que el cansancio sede y da espacio a otra materialidad en cámara lenta. Antes era sólo cerrar los ojos, desaparecía el presente y la primera persona; era y estaba en todos los tiempos y cuerpos posibles. Ahora el sueño se presenta siempre acompañado por el ejercicio ese que se repite hasta el cansancio y dice “llegaste”.

 

El bebé-hombre, el hombre-bebé, los caballos, los féretros, el sobresalto; ahora están presentes como imágenes donde el cerrar o el abrir los ojos igual da, sueños han sido y soñados también.

 

 

Catalina Jaramillo Quijano.