Entrevista a Lorena Espitia para el catálogo del Salón Nacional de Artistas 2013

Entrevista realizada por Manuel Kalmanovitz

 

Manuel Kalmanovitz: ¿Puede hablar un poco sobre la importancia que tienen para su obra las imágenes de la cultura popular? ¿Cuál es la transformación que sufren en sus piezas?

 

Lorena Espitia: Para mí toda cultura es popular, no hay diferencia entre “alta” y “baja” cultura, sin importar si hablamos de libros, de muñequitos, de literatura dura o de telenovelas, de carteles educativos o de publicidad, de películas francesas o de videos de Susy Díaz; para mí, lo importante es pensar el modo de articular todo eso para decir lo que necesito decir, para que todas esas cosas dejen de ser referentes externos y se vuelvan algo mío en comunicación con quien lo está viendo.

 

M.K: ¿Puede contarnos un poco sobre los materiales que usa? ¿Cómo llegó a la pintura para autos? ¿Qué asociaciones tiene para usted?

 

L.E: La mayoría de mi trabajo solía ser bastidores de madera pintados con acrílico y tinta tipográfica o, luego, con esmalte común o de poliuretano, pero de un tiempo para acá he querido cambiar un poco eso y he tenido la curiosidad de saber qué pasa si hago otras cosas, con otros materiales y desarrollando otros modos de producción. Entonces empecé a utilizar otros materiales (papel maché, cartulina, muebles y construcciones de madera, peluche, icopor, etc) y a involucrarme en procesos escultóricos, performativos y narrativos usando, recientemente, el dibujo, la instalación y el video, con lo que me he divertido mucho.

 

Llegué a pintar con esmalte de poliuretano después de pintar con otros materiales bastante absurdos y poco prácticos. Así que un día, Walter Orrego, un amigo artista y  carpintero, me recomendó usar materiales más resistentes “para que mi trabajo durara más tiempo del que iba a durar yo”, y me enseñó a manejar el esmalte de poliuretano. A pesar de que el material es difícil y muy tóxico, es chévere por los acabados que permite, porque seca rápido y porque resiste muy bien el paso del tiempo. Lo que el poliuretano me da, básicamente, es un poco más de seguridad al pensar en la relación física del público con mi trabajo y también, en el manejo y manipulación de mis cuadros.

 

M.K: En sus obras también hay un elemento textual muy importante, tanto dentro de las pinturas como unos juegos de palabras con los títulos de las obras. ¿Puede hablar un poco de esa dimensión de su trabajo?

 

L.E: No me gustan las piezas sin título. Creo que las obras dicen cosas, y los títulos ayudan a que esas cosas se digan. Por otro lado, los textos, en tanto caligrafía, constituyen elementos visuales que me gusta mucho explorar. Entonces es la risa, o el sarcasmo, o las ganas de llorar o de quedarse pensando lo que, a mi modo de ver, está en juego  para el espectador al entrar en relación con una buena frase, bien puesta, visualmente, en una obra artística. Las palabras son como casas, y a mí me gusta que la gente se sienta en casa con mi trabajo.

 

M.K: Usted ha hecho varios trabajos donde las pinturas sufren unas intervenciones bastante agresivas, llegando hasta la destrucción. ¿Puede hablarnos un poco sobre ese interés?

 

L.E: Todo empezó porque me parecía necesario hacer algo con una de mis piezas que tuvo muy mala vida, por errores que yo cometí al hacerla y por ineptitud de un galerista que la dañó sin remedio. Yo la rescaté de una bodega, pensando en arreglarla, pero al final no pude hacerlo, así que decidí romperla y hacer una nueva, idéntica, esta vez sin errores, con unos materiales resistentes que aguantaran el uso y el abuso. El triunfo de la voluntad fue un trabajo que ponía en cuestión la confianza en la destrucción del débil y en la victoria del fuerte, era sobre la posibilidad de utilizar la violencia como discurso y sobre la “muerte de la pintura”. Era una cosa facha, pero en reversa, que ponía en alerta frente a esos discursos del triunfo, del progreso, de la superioridad. Esas ideas se siguieron desarrollando, fueron dando la vuelta, en “El retorno de los muertos vivientes” o en “Un llamamiento fallido”, obras posteriores que eran una especie de elogio de la fragilidad, del carácter perecedero de las obras, pero también, de cómo sobreviven, a pesar de todo.