Entrevista a Lorena Espitia

Entrevista realizada por [i]Privado (Iván Ordóñez) el 24 de julio de 2011

 

Iván Ordóñez: ¿Desde cuándo le interesa hacer arte?

 

Lorena Espitia: Me interesó hacer arte desde hace mucho tiempo, pero sin muchas pretensiones, porque en la adolescencia nunca tuve una idea muy clara de qué era el arte; estudié en un colegio en donde me enseñaban costura, croché –cosas que yo nunca hacía y las hacía mi mamá por mí–. Sin embargo, estaba fascinada con los comics, las historietas, las novelas gráficas, los dibujos animados y las películas. Eso fue lo que me llevó a tener cierta idea del arte y en busca de ese tipo de imágenes terminé estudiando arte. No entendía muchas cosas sobre lo que los artistas hacían, era una gran incógnita para mí saber qué planteaban, para qué servía y eso también me ayudó a decidirme, pues veía a los artistas como gente que hacía lo que se le daba la gana y eso me pareció increíble. Ya en la academia era más claro para mí que quería hacer arte. Yo salí de la ASAB, que es una institución muy académica y muy cerrada, y para mí fue un poco difícil asumir todo ese discurso académico del arte, porque la ASAB tiene un enfoque muy técnico y muy centrado en ideas que son como de academia del siglo XIX. Sin embargo, eso me sirvió bastante porque en últimas aprendí a dibujar, aprendí a pintar, aprendí las técnicas que un “buen artista tiene que saber”, pero así mismo estuve llena de dudas al ejercer ” el oficio”, porque en la vida real los artistas no solo tenemos que saber eso, sino cómo movernos en el “mundo” del arte, que es bien difícil. Decidí ir en un sentido contrario a esa estética de pintura hiperrealista que la academia impulsaba, empecé a pensar que yo no quería hacer eso, quería hacer una cosa propia, crear un mundo propio, tal vez más cercano a mis influencias de la adolescencia. Entonces, en medio de una clase de grabado, empecé a hacer casi por accidente otro tipo de pintura.

 

I.O: ¿Qué problemas estéticos, ideológicos o conceptuales ha desarrollado en su trabajo?

 

L.E: Yo soy una persona muy dispersa, para mí siempre ha sido difícil hacer series y por eso mismo mi trabajo no tiene una temática muy definida, y no quiero que la tenga. Aunque hay líneas que lo conectan, siempre trato de hacer series distintas en las que están el asunto del consumo, la historia del arte, la educación y la cultura entendidas como una acumulación de datos, junto a preguntas que siempre me hago desde el quehacer: digamos que mis obras funcionan como una ficha mnemotécnica de lo que me pregunto. Esas preguntas llegan al azar, cuando reviso un libro o pienso en algún movimiento del arte con el que podría chocar y puedo opinar algo dentro del mismo cuadro. Es como una especie de discusión; me gusta que en mi trabajo haya opiniones mías así como frases provenientes de contextos distintos. Entonces siempre hay chistes, peleas, choques. Por ejemplo, veo un libro sobre constructivismo ruso –incluso una serie la empecé con eso porque el constructivismo no me gustaba porque tenía una estética muy fría- y fue como empezar a meterme a entender esa cosa que no me gusta y empecé a encontrarle su encanto y a pensar esas imágenes también como escenarios en los que podían pasar cosas ajenas a lo que la historia oficial nos dice sobre esas obras. Luego viene todo el asunto de trabajar a partir de elementos muy cercanos a la historieta y los dibujos animados. La gente asume que esas son cosas para niños, pero a mí me parece que en las historietas y en los dibujos animados hay una cosa más seria que en cualquier otro lado. Los dibujos animados tienen una cosa bien fuerte, algo muy pesado que la gente no alcanza a percibir, pero que si uno le pone cuidado, percibe un montón de cosas, la capacidad de quebrar la manera en la que uno ve el mundo. Hay mucha ironía en el hecho de transformar ciertos problemas que consideramos serios en cosas aparentemente dulces o inocentes, eso es algo que siempre tengo muy presente al sentarme a trabajar.

 

Mis series parten de odios y de amores que me ayudan a aprender y a asumir algo que no me gusta y ver qué puedo hacer con eso. La primera serie que hice fue una de bodegones que me parecían jartísimos –yo odiaba los bodegones- y pues empecé a hacer mis propios bodegones, empecé a contar anécdotas, a plantear mis opiniones, por ejemplo sobre el decorado renacentista que está tan lleno de cosas, mostrándolo a partir de elementos gráficos muy planos que iban en contravía de todo lo que el Renacimiento o el Barroco implicaban. Mis obras son muy sencillas. No soy una artista llena de lucidez, más bien me gusta revelar mis confusiones y mis preguntas para intentar que la gente se confunda un poco a mi lado.

 

Todas las obras que yo hago son, de algún modo, confesiones. Por ejemplo, Carlos Blanco me invitó a hacer algo para el centro Colombo Americano de Bogotá; empecé a pensar en el sitio mismo en el que iba a estar la exposición y para mí era un problema, un complejo muy incrustado no hablar inglés de forma fluida, así que decidí hacer una exposición que se llamó El lugar de las cosas que nunca aprendí y asumir el papel del burro castigado en esos cortos viejos de animación de Disney, ese personaje que no sabe y que, a pesar de estar en la escuela (en una escuela como el Colombo, por ejemplo) es incapaz de aprender. Entonces terminé hablando de los roles dentro de la escuela y del lugar que uno ocupa por no saber. A partir de ahí surgió todo un problema sobre los animales, sobre la educación como una forma de control social y sobre las jerarquías. Todo el tiempo estuve pensando en Animal Farm, esa novela tenaz de Orwell sobre la que hicieron en los 50, una animación increíble. La cosa es que todo se veía bonito y dulce, y a la gente le gustó un montón, pero pocos se daban cuenta de que había ahí elementos muy fuertes de crítica a la educación o a la alienación de la enseñanza de los idiomas. Ese fue mi primer trabajo de instalación y, a pesar de que se hizo con muy poco tiempo y de que fue muy difícil de lograr, fue un reto que me quedó gustando.

 

I.O: ¿Qué técnicas, medios o lenguajes trabaja?

 

L.E: Hasta hace poco, trabajaba exclusivamente en pintura y en dibujo, pero desde hace un par de años he ido ampliando el espectro, haciendo algo de instalación, esculturitas y, hace poco, video. Aunque pienso que la pintura me ha dado la posibilidad de dar a conocer las ideas que tengo de una manera muy clara y directa, no me quiero casar con la pintura; estoy en un momento en el que quiero probar otros lenguajes. Es una prueba para mí ver hasta qué punto uno puede llegar a desarrollar un lenguaje propio usando medios distintos. Hasta ahora me he sentido muy contenta con la pintura y creo que no la voy a dejar del todo, pero no quiero, como ha ido ocurriendo, que la gente me clasifique simplemente como “pintora”. Estoy en un punto en el que me aburrí de dejar las ideas archivadas simplemente por desconocer las herramientas técnicas y tecnológicas que se necesitarían para desarrollarlas.

 

I.O: ¿Cuántas exposiciones ha tenido?

 

L.E: Como cinco individuales y como unas veinte colectivas.

 

I.O: ¿En qué países ha expuesto?

 

L.E: La mayoría en Colombia. A finales del 2009 hicimos un trabajo con Víctor Albarracín en Alemania para una exposición de Carlos Amorales, que fue un trabajo que surgió a partir de El Bodegón. Fue un trabajo muy chévere, porque yo no había trabajado en colectivo desde hacía mucho tiempo, entonces fue muy provechoso. Fue una instalación con afiches, camisetas y música, a partir de una franquicia pirata de Nuevos Ricos, el sello disquero de Carlos y de Silverio. Expuse también en Lima, en la Ex-Culpable, gracias a una curaduría de Gabriel Mejía, Suerte muerte. He mostrado trabajo en varias ferias de arte fuera de Colombia y a comienzos de este año volví a montar El lugar de las cosas que nunca aprendí en una colectiva de artistas colombianos curada por Sandra Montenegro en una galería de los Estados Unidos.

 

I.O: ¿Con qué galerías trabaja?

 

L.E: En este momento, con ninguna.

 

I.O: ¿Cómo define la pintura?

 

L.E: Depende por el lado en que se mire. La pintura tiene una carga muy académica si se habla de “Pintura” en letras mayúsculas, eso es un ladrillo. Por eso mismo asumí el reto de hacer pintura con otra carga, como alivianar ese academicismo. Puedo definir mi pintura como un medio muy tranquilo, claro y básico. Creo cada vez más en la pintura como un simple medio y no como un fin. No me interesa que la pintura sea algo que me posicione como una “pintora”.

 

I.O: ¿Qué diferencias encuentra entre el arte moderno y el arte contemporáneo?

 

L.E: El arte moderno es otro ladrillo tenaz, está lleno de un montón de Ismos, de movimientos con manifiestos súper claros, con una estética muy marcada y muy reconocible. El arte contemporáneo es un poco más libre, pero está lleno de esnobs, como un desfile de modas en el que todos apuestan a qué es lo que está más In. Si el dibujo está de moda, pues la gente hace dibujo, si lo que está de moda es el arte povera, pues la gente hace arte povera y así. Por eso tomo muchos elementos del arte moderno, esa parte goda me permite hacer cosas. Además tampoco creo en el artista genio, con un ego marcado, lúcido, súper conceptual que hace unas piezas que nadie entiende y que hace que la gente se rasque la cabeza. Yo no quiero hacer un arte incomprensible.

 

I.O: Hablemos un poco sobre un comic, un fanzine, que usted hizo en algún momento…

 

L.E: Eso fue una época muy chévere en la universidad en el que teníamos un colectivo con Andrés Bustamante y Javier Posada que se llamaba Editora Chunga y hacíamos una serie de fanzines y de revisticas sobre historieta, gráfica, imágenes y textos. Esas publicaciones las sacamos desde el 2002, cada vez que podíamos. La revista se movía súper bien, se llamaba Cara de perro y ahí empezamos a publicar trabajos de otras personas, eso nos permitió conocer gente muy chévere y ampliar el espectro.

 

I.O: ¿Qué opina de las ferias de arte?

 

L.E: Las ferias de arte tienen algunos puntos a favor y otros en contra. Digamos que en principio no es que me gusten mucho, porque los artistas terminan trabajando para las ferias de arte. Desde que ArtBo empezó, un montón de espacios se fueron a pique, muchos artistas tuvieron que volver su obra un poco más comercial y hubo mucha influencia de los galeristas para que los artistas se volvieran más decorativos. Entonces yo entro a ArtBo y lo que veo es un montón de cuadros, de videos, de fotos y de instalaciones para decorar salas, cosas muy caras y sin contenido. Por otro lado, hay algunas pocas galerías que traen cosas chéveres. Es triste pensar que para los espectadores que no están en el medio del arte el único evento que conocen es ArtBo. Es el momento de furor en donde todos los artistas hacen sus obras, las comercializan y después se van de rumba. Por otro lado, los únicos cuadros que he vendido en los últimos años han sido en ferias y, obviamente, debo agradecerlo, porque sin ferias no habría vendido nada.

 

I.O: ¿Qué cosas han influenciado su trabajo?

 

L.E: Más que artistas, temas, cosas. Digamos que es difícil para mí pensar en cómo procede un artista para hacer su obra y yo asumir un procedimiento similar o una técnica parecida o la forma de asir una temática. Siempre he pensado en no apegarme a la forma en la que los otros artistas hacen las cosas, entonces no tengo un artista que me haya influido de manera muy directa. Yo creo que más bien me influencian directores de cine o dibujantes de historietas –Chris Ware, Robert Crumb- , me gustan mucho las novelas gráficas. Me gustan las películas de Godard. De artistas, me gusta mucho Maurizio Cattelan, me gusta Rodchenko, me gusta el arte ruso de las vanguardias y también el Dadá.

 

I.O: ¿Qué opina del arte colombiano?

 

L.E: El arte en Colombia está un poco jodido, por lo de las ferias, por un lado, y también por la falta de apoyos para los artistas, de becas y de sitios para exposición. Está un poco monopolizado y hay mucha rosca. Entonces se necesitan más curadores y espacios, para que al menos las roscas sean más diversas. Los curadores siempre trabajan con los mismos artistas, los artistas con los mismos curadores y todo se vuelve una cosa muy repetitiva, los espacios que hay se acaban muy rápido, la gente se olvida de las exposiciones, hay una memoria muy corta y todo se vuelve cuestión de modas. Si bien hay algunos artistas muy chéveres y arriesgados, cada vez me siento más claustrofóbica aquí. No veo que lo que yo hago pueda moverse mucho, todo está muy estancado.

 

I.O: ¿Qué artistas colombianos le interesan?

 

L.E: Hay muchos artistas que no son famosos acá que me gustan. Un amigo, Javier Posada, es un tipo súper lúcido y tiene un trabajo increíble. Me gusta Luisa Roa, me parece una chica muy tranquila y fresca con las cosas que hace. Hay otros que tienen más visibilidad y que me gustan también: Kevin Mancera es un artista que está todo el tiempo metido en su casa trabajando mucho y pensando en sus cosas; me gustan también Edwin Sánchez y, sobre todo, Carlos Bonil. También hay artistas de trayectoria más larga, como Wilson Díaz que me parece increíble; Juan Mejía, Giovanni Vargas… Me gusta el modo de operar de Jaime Iregui, porque es un tipo muy puntual y muy tranquilo, que está metido de cabeza en el arte. No sólo hace sus proyectos de fotos, sino que también le ha metido la ficha a Esfera Pública, que es un espacio fundamental. Por último, me gustan Miguel Ángel Rojas y Milena Bonilla.

 

I.O: ¿Qué opina del mercado del arte?

 

L.E: Yo creo que está muy cerrado porque hay muy pocos coleccionistas acá y los que hay suelen ser muy ventajosos. Van a los talleres de los artistas a tratar de conseguir las obras a mitad de precio, los artistas siempre están súper jodidos. Por otro lado, algunos galeristas también son súper difíciles con los artistas, quieren que trabajen sólo con ellos y para ellos, y no muevan sus cosas de otras maneras. Creo que las galerías no asumen muchos retos, los coleccionistas no tienen ojo porque el medio tampoco lo permite, no hay especialización y eso también afecta mucho el mercado. La gente que tiene plata prefiere comprarse sillas. Hay mucho cálculo, poca pasión y poco gusto, es una estrategia de mercadeo más que el placer por el arte en sí. Entonces es muy jodido, porque el mensaje es: “compre arte de yonosequien porque este en dos años le va a costar una millonada y lo va a poder revender y después va a ser rico”, pero no hay una cultura de educar un poco a los coleccionistas y a los galeristas.

 

I.O: ¿Qué opina de la curaduría?

 

L.E: Creo que es un oficio que requiere mucha investigación, respeto y trabajo en equipo. Creo que debe entenderse como un diálogo serio con los artistas y con el público. Del trabajo de los curadores depende que las exposiciones sean espacios de ideas y no tiendas de decoración o parches sociales. Desafortunadamente eso acá se ve poco y todo se reduce a pagar favores, defender amistades, generar tendencias, hacer relaciones públicas y acumular poder. El curador acá siempre está dispuesto a descubrir talentos y a atribuirse el triunfo de un artista, pero no su fracaso. Es difícil pensar entonces que eso que hacen aquí los curadores, con muy pocas excepciones, sea realmente curaduría.

 

 

Entrevista realizada en el mes de abril de 2011

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