Mutuum Auxilium

Juana Anzellini en la V I T R I N A, 30 de Agosto al 30 de Septiembre de 2017

 

La ayuda mutua

 

Un ciego transporta a un cojo en la espalda y el cojo le muestra el camino

 

Pero no me das tus piernas ni yo te doy mis ojos. La ayuda es la posibilidad —contradictoria, imposible, milagrosa— de un préstamo sin entrega.

 

La ayuda recíproca es la creación de un portento, de un monstruo. La ayuda entre dos hombres abrazados, montado uno sobre el otro, crea un animal nuevo, una forma con cuatro ojos y dos piernas. ¿O es un árbol lo que se crea? ¿Un árbol caminante, un árbol animal?

 

Uno está encima del otro y no por eso lo gobierna. O la ayuda mutua es el mutuo gobierno. Uno está arriba y el otro está abajo. Tal vez ninguno está encima y ninguno está debajo.

 

¿Es: “Un ciego carga a un cojo y entonces los dos pueden caminar”?¿O es: “Un ciego carga a un cojo y entonces ambos pueden vivir”? ¿O es: “Un ciego carga a un cojo y entonces uno solo, compuesto por los dos, puede seguir”?

 

Hubo una vez un ciego caminante que cargaba a un cojo vidente que le señalaba el camino. Así avanzaron. A veces iban por el camino que uno quería, y otras veces iban por el camino que el otro recordaba. Al final pude decirse que fueron por el camino de ambos. Pudo suceder que en el camino hubiera una piedra, un hueco, una trampa que el vidente no pudiera ver porque sus ojos estaban demasiado lejos del suelo. La suma de dos hombres no da como resultado un hombre a salvo, sino solo un hombre móvil. A pesar de la ayuda, a pesar del concierto, ver siempre es difícil. Ver es ver difícilmente.

 

La naturaleza de la espalda es estar atrás. En la figura que conforman los dos hombres que avanzan uno montado sobre el otro, una espalda va detrás de la otra espalda. Es más espalda. La naturaleza de la cabeza es la de estar arriba. En la figura que conforman los dos hombres, una cabeza está más elevada. Es más cabeza. La naturaleza de las piernas es la de moverse. En la figura que conforman los dos hombres, dos piernas cumplen la función de cuatro piernas. Son más piernas.

 

Te cargo para llevarte por el camino, para que me lleves por el camino. ¿Vamos colgado uno del otro, o vamos abrazados uno al otro, o las dos cosas son lo mismo? También dos hombres que luchan entre sí se agarran el uno al otro, para impedirse el movimiento y para, así, moverse de otro modo.

 

En la posesión se monta uno encima de otro, o uno arrastra al otro. El demonio que me posee se me sube encima, me hace ir a donde quiere que yo vaya, me aplasta y me azuza (¿está saliendo de mí o está entrando en mí?). O el demonio que me posee se pone bajo mis pies y me levanta, y carga conmigo y me lleva a donde quiere que yo vaya. Esas son figuras de la posesión de la voluntad. Son, también, figuras de la posesión por el deseo: en la posesión amorosa van los dos amantes entrelazados, uno encima del otro, a una u otra o a ninguna parte.

 

Solo puedo hacer equilibrio y darme cuenta del desequilibrio si estoy encima de ti. Si estoy en el suelo no necesito equilibrarme ni conocer el equilibrio. Lo mismo yo: solo tengo que hacer equilibrio —y solo puedo darme cuenta de que el equilibrio se hace— si tengo que cargarte en la espalda.

 

Estoy pesando sobre ti. Te peso como una montonera, no como un cuerpo: como muchos cuerpos. Tú cargas mi peso para que surja el paso. Y tú, a quien cargo, con quien cargo, ¿me cubres? ¿Me envuelves, además de pesarme? Yo soy tu vehículo, pero tú eres mi vehículo. Yo soy tu casa, porque estás en mí, pero tú eres mi casa, el caparazón.

 

Las piernas del que va cargado por el otro, que ni caminan ni tocan el suelo, ¿se convierten en brazos? De encima de mí pareces salir tú. De debajo de mí pareces salir tú. ¿Cómo sale uno del otro? ¿Sale como un fantasma, como un hijo, como un desdoblamiento, como un dibujo de sí mismo? Cada uno surge del otro en la forma de su ayuda.

 

No puedo dormir sobre ti. Solo puedo ponerme sobre ti para caminar. Solo para moverme por el camino te necesito, no para soñar—no para moverme estando quieto—. A veces mientras me llevas quiero dormir, pero sé que no puedo cerrar los ojos. Cuando nos detenemos a descansar, desmonto y duermo. En la noche nadie puede llevar a nadie: cada uno está solo en la noche, y cada uno está en el suelo, tendido, irremediable. Al amanecer despierto y siento que despierto fuera de lugar. Que no estoy donde debería estar. Que no estoy donde estoy. Tú eres donde estoy, y como debería estar siempre es caminando, que es solo contigo.

 

Yo no estoy ciego. Me hago el ciego para llevarte a la espalda. Finjo estar ciego y finjo que necesito que me guíes porque necesito peso para andar. Sin tu cuerpo encima, podría ser que me elevara y no avanzara. Necesito dos cosas para estar anclado a la tierra: el peso de otro y su confianza.

 

¿Cómo se nos ve a lo lejos —en la distancia o al cabo del tiempo—? ¿Se nos ve borrosos, multiplicados, con los bordes tenues, desdibujados como siempre están las cosas en movimiento? ¿Cómo es el desdibujo cuando se nos ve después de que ya hemos llegado?

 

El hombre que no ve y que carga a un hombre que no camina se encuentra con otro que no ve y que carga a otro que no camina. Solo entonces el que carga puede ver cómo se ve un hombre que carga. Solo que no lo puede ver, porque el hombre que carga es ciego. Los dos cargados, en cambio, se miran. Se miran quietamente. Inquietamente.

 

De repente surgen de nosotros dos, entre nosotros dos, una cantidad de piernas, brazos y ojos de gente que no eres tú ni soy yo, que no está aquí, que no va con nosotros, que no va a ninguna parte, que tal vez ya fue y volvió. ¿Cada una de esas piernas, esos brazos y esos ojos es un pedazo de cuerpo ausente, o es un cuerpo presente que es una pierna, un brazo, un ojo?

 

Una silla es un animal de cuatro patas y dos brazos. Es un animal que es un hombre y no es un hombre. Una silla determina el cuerpo de quien se sienta en ella: lo convierte en cuerpo sentado, cuerpo de cierta manera, doblado y desdoblado. (Cuando uno está sentado en una silla, ¿está sobre la silla, o está dentro de ella?). Una silla siempre está vacía si en ella no hay un hombre. Una silla es inválida. Un hombre es una silla. Una silla de dos piernas y dos brazos. Un hombre está vacío si no tiene, sentado en él, a otro.

 

Carolina Sanín