Visible / Invisible

Ana María Rueda, 14 de noviembre al 14 de diciembre, 2018


Ana María Rueda: La intimidad de lo imperceptible
Por Carolina Ponce de León

 

Esta exposición, titulada Visible/Invisible, se plantea como una instalación que se desenvuelve en su recorrido. Las diferentes series se interconectan como estaciones de un paisaje fragmentado y alegórico. La artista crea formas que refieren a la escritura, definidas indistintamente a través de la pintura, la fotografía y el dibujo. Las fotografías que componen la serie Un jardín propio captan plantas cuyos tallos parecen delinear las letras de un alfabeto incierto. Las coloca en secuencias como armando frases con códigos secretos de la percepción y del conocimiento intuitivo. Estas ‘letras’ acompañan igualmente, en grandes láminas de metal, una serie de pinturas haciendo énfasis en que no se trata de series separadas, sino de un vocabulario que va acumulando piezas indivisibles unas de otras. Las pinturas han trascendido el plano bidimensional tradicional para ocupar el espacio como formas definidas por juegos de luz y sombra y destellos de color que surgen inesperadamente como fuentes luminosas, como otros signos a descifrar.

 

A través de la historia del arte, la luz ha sido un elemento al que los artistas regresan una y otra vez. Desde las pinturas de claroscuro de Caravaggio hasta las esculturas fluorescentes de Dan Flavin, y desde las instalaciones lumínicas de James Turrell hasta los complejos sistemas de Rafael Lozano-Hemmer en los que intervienen la robótica, las pantallas LED y la proyección de películas, los artistas han utilizado la luz de maneras que cambian los paradigmas de la percepción. Su universalidad es sugestiva. “La luz no es tanto algo que revela, es la revelación en si misma,” dice el artista norteamericano Turrell. En las pinturas de Ana María Rueda —más bien, en las formas pictóricas—, la luz se vuelve una transcripción metafórica; es, como dice Turrell, la revelación en si misma.

 

Así, en las diferentes series que componen el trabajo reciente de Ana María Rueda, el encuentro con la luz exige por parte del espectador una interacción. El recorrido no es lineal. Las pinturas juegan con principios físicos —volumen, peso, efectos ópticos—; se sugieren leves, ascendentes, y a la vez están ancladas a la gravedad por medio de pequeñas pesas que ponen en evidencia las fuerzas internas que están negociando la quietud. Esas dinámicas de la observación se vuelven parte de una coreografía libre que entrelaza el Otro —el espectador— y las obras. Son en cuanto se caminan, se rodean, se exploran. Son un espejo negro, como los que están al inicio del recorrido, donde se refleja quien camina, a cada uno, en una búsqueda de luz como fuente y metáfora de conocimiento.

 

Las estructuras dinámicas de cada pintura que cuelga de un solo punto de tensión, se hacen más evidentes en la serie de fotografías intervenidas con dibujo que muestran mallas reticulares que flotan o vuelan en atmósferas ambiguas  —el aire o el agua o la luz—, creando juegos de volúmenes y sombras que confrontan el peso y la liviandad. Nuevamente, la mirada recorre las superficies buscando su gravedad, su sentido; las fuerzas físicas que sutilmente invaden las imágenes reiteran las palabras de Gaston Bachelard, que afirman que levedad nace del peso y el peso de la levedad y “dan luz uno al otro al mismo tiempo.”

 

El conjunto de obras de Ana María Rueda en Invisible/Visible pone en juego no solo los límites de nuestra percepción, sino la naturaleza misma de la percepción y de los diferentes campos de energía que existen fuera de los límites arbitrarios de nuestros propios sentidos. Estas obras ofrecen varios dispositivos para imaginar la energía, detectarla, medirla y definir su forma. Su interés en la percepción y en los límites físicos subjetivos de sus objetos pictóricos está intrínsecamente ligado a la capacidad liminal del público para participar en una experiencia que es a la vez sensorial y metafísica.